Notas:
Este cuento está dedicado a mi amigo Fernando Sandoval, gran músico y compositor oaxaqueño, el
cual admiro y agradezco infinitamente comparta sus maravillosas creaciones musicales.
Aunque pequeño -pero no por eso insignificante-, es una creación inédita inspirada en una de
sus melodías: “Traguito de mezcal”.
Los personajes fueron nombrados pensando en dos personas que admiro y con las cuales estoy
agradecido: Fernando, por Fernando Sandoval, y Don Beto, por el profesor Edilberto García Cerritos, quien fue quien me iniciara y presentara, hace ya más de 16 años, el maravilloso mundo de la música. Algunos lugares también fueron nombrados haciendo referencia a comunidades que marcaron mi infancia en el bello municipio de San Juan del Río, Qro.
P.S Este cuento debe leerse escuchando, en todo momento, dicha melodía. Queda estrictamente
prohibido leerlo a pelo.
Link de melodía: https://www.youtube.com/watch?v=aJijck2-pwg
Traguito de mezcal
Las
mañanas de noviembre son frías. No tanto como las de diciembre y enero, pero ya
cala hasta los huesos y se antoja algo para calentar, no sólo el cuerpo, sino
la garganta.
Con
una chamarra que tenía ya varios meses sin lavarse, los zapatos que usaba de
lunes a domingo, esa gorra que siempre lo caracterizaba y una bufanda mal
acomodada en el cuello, Fernando caminaba por el borde de la carretera a
visitar a don Beto.
La
casa de don Beto se miraba cerca a simple vista, pero al caminar, se volvía
eterno el camino.
Don
Beto era un personaje muy conocido en el pueblo. Su gran ánimo, entusiasmo,
tono de voz, pero sobre todo, las historias que contaba, lo caracterizaban. Las
contaba no porque tuviera una gran imaginación, sino porque había vivido toda
su vida en El Pedregal, un pueblo donde vivían pocos, pues la pobreza obligaba
a quienes ahí nacían, a emigrar a los Estados Unidos o bien a la capital, con
la única esperanza de darles una vida más cómoda a sus familias.
Fernando,
junto con don Beto, eran de los pocos que habían decidido quedarse ahí, pues el
amor que le tenían al pueblo y de tener una vida tranquila era mucho mayor que
el anhelo de lograr una posición más acomodada.
Fernando
visitaba seguido a don Beto, no sólo porque platicaba muy a gusto con él, sino
porque como toda la gente de provincia y de edad, era amable y siempre tenía
algo que ofrecerle: ya fuera un té de limón de las matas que él mismo sembraba,
un trozo de carne seca que colgaba en su cocina y que a cada rato tenía que
espantarle las moscas; un plato de frijoles de esos que había recogido la
cosecha pasada , o bien, un pedazo de queso que él mismo elaboraba junto con su
esposa, pues las dos vacas que tenían daban leche suficiente que les alcanzaba
no sólo para vender, sino hasta para regalar.
Don
Beto barría su enorme pasillo con su escoba de varas de mezquite cuando a lo
lejos vio caminar sobre la carretera a Fernando. Sabía, sin temor a equivocarse,
que venía a visitarlo.
-Carmen
-le dijo don Beto a su esposa-, pon a la lumbre la calabaza que viene este
muchacho.
Doña
Carmen, sin preguntar a quién se refería, cargó la olla donde un día antes
había puesto una calabaza entera a cocer con piloncillo, y la puso a calentar.
Dicen
que los animales son seres que todo presienten. Pancho (por Pancho Villa), el
perro de don Beto, en seguida emprendió los ladridos y la carrera a la puerta.
La
casa sólo estaba delimitada con una cerca que en tramos tenía alambre, en
tramos piedras, en otros tablas y en otros de plano nada. No era necesario
delimitar ni asegurar con más.
Pancho
recibió a Fernando y llegaron juntos al pasillo donde estaba ya con una sonrisa
esperándolos don Beto.
- ¡¿Qué
pasó, chacho, cómo estás?! Siéntate, mijo, que con este friesononón que hace y
con la caminada que acabas de dar, debes venir congela´o- le dijo don Beto sin
mirarlo mientras metía las sillas a la cocina, que ya olía a té de limón y
calabaza en dulce.
Doña
Carmen sirvió 3 tarros de té, arrimó la calabaza y unos panes que tenía desde
hacía 2 días.
-Este
clima- dijo don Beto rompiendo el silencio que siempre se crea cuando todos
miran lo que está servido en la mesa y se espera a que alguien empiece, para
agarrar con más confianza-, me recuerda cuando mataron a Rubén González ¿Te
acuerdas, Carmen?
-Cómo
no, así estaba igual de frío, pero con brizna.
-Ese
día estuvo feo -continuó don Beto-. ¿Tú no conociste a ese señor, verdad?–le
preguntó a Fernando
-No,
pero me acuerdo que mi abuela le tenía mucho coraje
-Pues
no era en balde. Rubén González era muy odiado por muchos.
Ese señor tenía mucho dinero. Pero ve, nada sirve ante la muerte.
Ese señor tenía mucho dinero. Pero ve, nada sirve ante la muerte.
¿Ves
las rutas que pasan para Ahuacatlán y San Isidro cada hora?, esas las inició
ese hombre. Fue el primero en comprar camiones para hacer viajes al centro.
Pero era muy abusivo. Cobraba 6 pesos, y cuando le dabas una de 10, ya no te
regresaba cambio, te decía que lo apuntaras para el regreso. Había quien sí se
acordaba, pero si no, ya te chingaba 4 pesos.
Le
tomaron los 3, como si se hubieran puesto de acuerdo, a la taza de té que aún
vaporeaba.
- Era
cabrón -continuó don Beto-, siempre sacaba ventaja. Me acuerdo cuando fue a
sacar el ropero de doña Socorro con todo y ropa, todo porque no le pagó a
tiempo un préstamo que le había hecho con unos intereses re subidos.
En eso
estaban cuando una gallina interrumpió la plática, salió de entre las cazuelas
a todo para no dejarse pisar por un gallo que iba tras de ella.
-Mira-
prosiguió don Beto-, esa tienda que estaba en El Mirador, también era de él.
Las dos panaderías que están en la curva de San Isidro, también eran de él.
Carajo, ese señor tenía aquí y allá. Era muy avaro; y eso lo mató.
-Y de
dónde sacaba tanto dinero -preguntó Fernando-, si aquí nomás se tiene para
comer y estar tranquilo
-Eso
nunca se supo. Hay quien dice que fue una herencia, hay quien dice que tenía
pacto con el diablo. Otros decían que se encontró en uno de sus terrenos una
olla llena de centenarios; nadie sabía de dónde, pero lo que sí se sabía era
que tenía dinero, negocios, tierras. De nada le sirvió, toda su familia se
acabó.
Así
como tenía dinero, tenía de hijos. Tenía, ´ora verás ,- dijo don Beto volteando
al techo como si eso sirviera para recordar más y mejor-, 12 con su esposa , y
como 10 más rega´os por ahí. Y todos se
le acabaron. Su hija la mayor, muy guapa la muchachilla, se perdió y no la
encontraron. Dicen que se la robó uno de La Llave. Me acuerdo que cuando eso
pasó, ahí andaba don Rubén González como loco pegando por todo el pueblo fotos
de su hija. No sirvió de nada, jamás supieron de ella. A otros dos de sus
muchachos los mató un tronco. Esa loma que está por la Pila también era de él.
Plantaba pinos y encinos para vender. Dicen que sus muchachos no le sabían muy
bien a la motosierra y menos maniobrar, y ¡zas!, que les cae encima. Si no, ahora
que andes por ahí, mira bien, ahí está la cruz con los nombres de los dos
muchachos de González.
-Y a
sus otros hijos, ¿qué les pasó? -preguntó ya intrigado Fernando
-No
pues puras desgracias, por eso dicen que en la vida todo se paga; no en el
infierno, no en el cielo; aquí, aquí es en donde se paga todo y aquí mismo
tienes tu infierno o tu paraíso. A uno de los más chicos, lo atropelló un
camión de esos madereros cuando iba a ver a la novia. Pues también dicen que
venía bien borrachillo, cante y cante, de un la´o pa´l otro de la carretera…De
los demás no sé qué les pasó, porque algunos de sus muchachos se habían ido a
otros lados a vivir; ve tú a saber por qué, seguramente era porque sabían cómo
era su padre.
Yo ya
no supe porque nunca fui a ninguno de los entierros de sus hijos, y menos al de
él. Yo le tenía mucho coraje desde una vez que tuve que ir a la ciudad y Carmen
se quedó sola con mis chirgos, y dice
que vino en la noche a querer darle dinero para que se acostara con él,
aprovechando, el muy desgracia´o , que no estaba yo.
-Era
una fichita don González- dijo Fernando, dando la última cucharada a la
calabaza que le había encantado, pues hasta las pepitas se las comió con todo y
cáscara.
-Nombre,
ese fulano era malo, avaro, chambón; todo tenía; pero así se fue.
- ¿Y
cómo se murió y cuándo?
-
Tendrá como 5 años. Se volvió loco y dicen que lo confundieron con un ladrón.
De tan
avaro que era el hombre, una vez llegaron unos defraudadores, disque con una
caja de ahorro. Decían que metieras mil pesos y que en un mes te daban dos mil.
No, pues don González vio un gran negocio ahí, a tal grado que vendió todo,
pero todo lo que tenía. Vendió casas, terrenos, rutas, coches, madre y media
que tenía; todo lo vendió para invertirlo en la dichosa caja de ahorro. Y al
mes, no sólo no tenía sus intereses re subidos, como aquellos que le había
cobrado a la pobre señora del ropero, ya no tenía ni un quinto. Se habían
pela´o esos desgracia ‘os, igual que él, con todo su dinero y el de más
personas que nos dejamos engatusar por esos hijos de la chingada. Nosotros sólo fuimos de pendejos a meter mil
pesos que con harto esfuerzo habíamos juntado, y fue todo lo que perdimos; pero
don Rubén quedó en la ruina. Del puro coraje se quedó loco el pobre.
Todavía duró como… ´ora verás, - miró a Carmen esperando le refrescara la memoria- como año y medio así. Andaba todo mugroso, alucinaba feo y se la pasaba borracho y gritando puras chingaderas, pidiendo su dinero. Gritaba que iba a matar a quién sabe quien, que él era rico, que ya había hablado con el diablo. Gritaba madre y media. Hasta que una vez, según dicen, se metió a las milpas de los García, estos pensaron que era un ladroncillo que iba por costales de maíz, y que se lo echan. Yo digo que fue con toda la intención, pero sabe, el caso es que lo torcieron. Sólo le quedaban su esposa y uno de sus hijos, que son los que mataron la semana pasada ahí en la esquina del mirador. Dicen que se negaron a un asalto y se los echaron. De la familia de don Rubén ya no´ más quedaban su mujer y su hijo; ahora ya no queda nada. Esos cohetes que truenan son de la novena que le hacen a su difunta esposa. Ve tú a saber qué tanta gente irá.
Todavía duró como… ´ora verás, - miró a Carmen esperando le refrescara la memoria- como año y medio así. Andaba todo mugroso, alucinaba feo y se la pasaba borracho y gritando puras chingaderas, pidiendo su dinero. Gritaba que iba a matar a quién sabe quien, que él era rico, que ya había hablado con el diablo. Gritaba madre y media. Hasta que una vez, según dicen, se metió a las milpas de los García, estos pensaron que era un ladroncillo que iba por costales de maíz, y que se lo echan. Yo digo que fue con toda la intención, pero sabe, el caso es que lo torcieron. Sólo le quedaban su esposa y uno de sus hijos, que son los que mataron la semana pasada ahí en la esquina del mirador. Dicen que se negaron a un asalto y se los echaron. De la familia de don Rubén ya no´ más quedaban su mujer y su hijo; ahora ya no queda nada. Esos cohetes que truenan son de la novena que le hacen a su difunta esposa. Ve tú a saber qué tanta gente irá.
Se
hizo un silencio, de esos profundos en donde todo mundo se queda pensando.
Está
cabrón- dijo Fernando sin dar tiempo para seguir escuchando el silencio-. Vea
nada más cómo es la vida. Todo se paga. En un instante se gana o se pierde
todo, en cosa de nada la cosa cambia.
- ¿Más
tecito, más calabacita? - preguntó doña Carmen, agarrando ya el tarro de
Fernando
- ¡Qué
va! -contestó don Beto sin dar chance de que Fernando respondiera-, el tiempo,
el clima y en honor a don Rubén González, se antoja más un traguito de mezcal.
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