martes, 29 de noviembre de 2016

Traguito de mezcal

Notas: 

Este cuento está dedicado a mi amigo Fernando Sandoval, gran músico y compositor oaxaqueño, el 
cual admiro y agradezco infinitamente comparta sus maravillosas creaciones musicales. 

Aunque pequeño -pero no por eso insignificante-, es una creación inédita inspirada en una de 
sus melodías: “Traguito de mezcal”. 

Los personajes fueron nombrados pensando en dos personas que admiro y con las cuales estoy 
agradecido: Fernando, por Fernando Sandoval, y Don Beto, por el profesor Edilberto García Cerritos, quien fue quien me iniciara y presentara, hace ya más de 16 años, el maravilloso mundo de la música. Algunos lugares también fueron nombrados haciendo referencia a comunidades que marcaron mi infancia en el bello municipio de San Juan del Río, Qro. 

P.S Este cuento debe leerse escuchando, en todo momento, dicha melodía. Queda estrictamente 
prohibido leerlo a pelo.  

Link de melodía: https://www.youtube.com/watch?v=aJijck2-pwg


Traguito de mezcal

Las mañanas de noviembre son frías. No tanto como las de diciembre y enero, pero ya cala hasta los huesos y se antoja algo para calentar, no sólo el cuerpo, sino la garganta.

Con una chamarra que tenía ya varios meses sin lavarse, los zapatos que usaba de lunes a domingo, esa gorra que siempre lo caracterizaba y una bufanda mal acomodada en el cuello, Fernando caminaba por el borde de la carretera a visitar a don Beto.

La casa de don Beto se miraba cerca a simple vista, pero al caminar, se volvía eterno el camino.

Don Beto era un personaje muy conocido en el pueblo. Su gran ánimo, entusiasmo, tono de voz, pero sobre todo, las historias que contaba, lo caracterizaban. Las contaba no porque tuviera una gran imaginación, sino porque había vivido toda su vida en El Pedregal, un pueblo donde vivían pocos, pues la pobreza obligaba a quienes ahí nacían, a emigrar a los Estados Unidos o bien a la capital, con la única esperanza de darles una vida más cómoda a sus familias.

Fernando, junto con don Beto, eran de los pocos que habían decidido quedarse ahí, pues el amor que le tenían al pueblo y de tener una vida tranquila era mucho mayor que el anhelo de lograr una posición más acomodada.

Fernando visitaba seguido a don Beto, no sólo porque platicaba muy a gusto con él, sino porque como toda la gente de provincia y de edad, era amable y siempre tenía algo que ofrecerle: ya fuera un té de limón de las matas que él mismo sembraba, un trozo de carne seca que colgaba en su cocina y que a cada rato tenía que espantarle las moscas; un plato de frijoles de esos que había recogido la cosecha pasada , o bien, un pedazo de queso que él mismo elaboraba junto con su esposa, pues las dos vacas que tenían daban leche suficiente que les alcanzaba no sólo para vender, sino hasta para regalar.

Don Beto barría su enorme pasillo con su escoba de varas de mezquite cuando a lo lejos vio caminar sobre la carretera a Fernando. Sabía, sin temor a equivocarse, que venía a visitarlo.

-Carmen -le dijo don Beto a su esposa-, pon a la lumbre la calabaza que viene este muchacho.

Doña Carmen, sin preguntar a quién se refería, cargó la olla donde un día antes había puesto una calabaza entera a cocer con piloncillo, y la puso a calentar.

Dicen que los animales son seres que todo presienten. Pancho (por Pancho Villa), el perro de don Beto, en seguida emprendió los ladridos y la carrera a la puerta.

La casa sólo estaba delimitada con una cerca que en tramos tenía alambre, en tramos piedras, en otros tablas y en otros de plano nada. No era necesario delimitar ni asegurar con más.

Pancho recibió a Fernando y llegaron juntos al pasillo donde estaba ya con una sonrisa esperándolos don Beto.

- ¡¿Qué pasó, chacho, cómo estás?! Siéntate, mijo, que con este friesononón que hace y con la caminada que acabas de dar, debes venir congela´o- le dijo don Beto sin mirarlo mientras metía las sillas a la cocina, que ya olía a té de limón y calabaza en dulce.

Doña Carmen sirvió 3 tarros de té, arrimó la calabaza y unos panes que tenía desde hacía 2 días.

-Este clima- dijo don Beto rompiendo el silencio que siempre se crea cuando todos miran lo que está servido en la mesa y se espera a que alguien empiece, para agarrar con más confianza-, me recuerda cuando mataron a Rubén González ¿Te acuerdas, Carmen?

-Cómo no, así estaba igual de frío, pero con brizna.
-Ese día estuvo feo -continuó don Beto-. ¿Tú no conociste a ese señor, verdad?–le preguntó a Fernando

-No, pero me acuerdo que mi abuela le tenía mucho coraje

-Pues no era en balde. Rubén González era muy odiado por muchos.
Ese señor tenía mucho dinero. Pero ve, nada sirve ante la muerte.
¿Ves las rutas que pasan para Ahuacatlán y San Isidro cada hora?, esas las inició ese hombre. Fue el primero en comprar camiones para hacer viajes al centro. Pero era muy abusivo. Cobraba 6 pesos, y cuando le dabas una de 10, ya no te regresaba cambio, te decía que lo apuntaras para el regreso. Había quien sí se acordaba, pero si no, ya te chingaba 4 pesos.

Le tomaron los 3, como si se hubieran puesto de acuerdo, a la taza de té que aún vaporeaba.

- Era cabrón -continuó don Beto-, siempre sacaba ventaja. Me acuerdo cuando fue a sacar el ropero de doña Socorro con todo y ropa, todo porque no le pagó a tiempo un préstamo que le había hecho con unos intereses re subidos.

En eso estaban cuando una gallina interrumpió la plática, salió de entre las cazuelas a todo para no dejarse pisar por un gallo que iba tras de ella.

-Mira- prosiguió don Beto-, esa tienda que estaba en El Mirador, también era de él. Las dos panaderías que están en la curva de San Isidro, también eran de él. Carajo, ese señor tenía aquí y allá. Era muy avaro; y eso lo mató.

-Y de dónde sacaba tanto dinero -preguntó Fernando-, si aquí nomás se tiene para comer y estar tranquilo

-Eso nunca se supo. Hay quien dice que fue una herencia, hay quien dice que tenía pacto con el diablo. Otros decían que se encontró en uno de sus terrenos una olla llena de centenarios; nadie sabía de dónde, pero lo que sí se sabía era que tenía dinero, negocios, tierras. De nada le sirvió, toda su familia se acabó.
Así como tenía dinero, tenía de hijos. Tenía, ´ora verás ,- dijo don Beto volteando al techo como si eso sirviera para recordar más y mejor-, 12 con su esposa , y como 10 más rega´os por ahí.  Y todos se le acabaron. Su hija la mayor, muy guapa la muchachilla, se perdió y no la encontraron. Dicen que se la robó uno de La Llave. Me acuerdo que cuando eso pasó, ahí andaba don Rubén González como loco pegando por todo el pueblo fotos de su hija. No sirvió de nada, jamás supieron de ella. A otros dos de sus muchachos los mató un tronco. Esa loma que está por la Pila también era de él. Plantaba pinos y encinos para vender. Dicen que sus muchachos no le sabían muy bien a la motosierra y menos maniobrar, y ¡zas!, que les cae encima. Si no, ahora que andes por ahí, mira bien, ahí está la cruz con los nombres de los dos muchachos de González.

-Y a sus otros hijos, ¿qué les pasó? -preguntó ya intrigado Fernando

-No pues puras desgracias, por eso dicen que en la vida todo se paga; no en el infierno, no en el cielo; aquí, aquí es en donde se paga todo y aquí mismo tienes tu infierno o tu paraíso. A uno de los más chicos, lo atropelló un camión de esos madereros cuando iba a ver a la novia. Pues también dicen que venía bien borrachillo, cante y cante, de un la´o pa´l otro de la carretera…De los demás no sé qué les pasó, porque algunos de sus muchachos se habían ido a otros lados a vivir; ve tú a saber por qué, seguramente era porque sabían cómo era su padre.
Yo ya no supe porque nunca fui a ninguno de los entierros de sus hijos, y menos al de él. Yo le tenía mucho coraje desde una vez que tuve que ir a la ciudad y Carmen se quedó sola con mis chirgos, y dice que vino en la noche a querer darle dinero para que se acostara con él, aprovechando, el muy desgracia´o , que no estaba yo.

-Era una fichita don González- dijo Fernando, dando la última cucharada a la calabaza que le había encantado, pues hasta las pepitas se las comió con todo y cáscara.

-Nombre, ese fulano era malo, avaro, chambón; todo tenía; pero así se fue.

- ¿Y cómo se murió y cuándo?

- Tendrá como 5 años. Se volvió loco y dicen que lo confundieron con un ladrón.
De tan avaro que era el hombre, una vez llegaron unos defraudadores, disque con una caja de ahorro. Decían que metieras mil pesos y que en un mes te daban dos mil. No, pues don González vio un gran negocio ahí, a tal grado que vendió todo, pero todo lo que tenía. Vendió casas, terrenos, rutas, coches, madre y media que tenía; todo lo vendió para invertirlo en la dichosa caja de ahorro. Y al mes, no sólo no tenía sus intereses re subidos, como aquellos que le había cobrado a la pobre señora del ropero, ya no tenía ni un quinto. Se habían pela´o esos desgracia ‘os, igual que él, con todo su dinero y el de más personas que nos dejamos engatusar por esos hijos de la chingada.  Nosotros sólo fuimos de pendejos a meter mil pesos que con harto esfuerzo habíamos juntado, y fue todo lo que perdimos; pero don Rubén quedó en la ruina. Del puro coraje se quedó loco el pobre.
Todavía duró como…  ´ora verás, - miró a Carmen esperando le refrescara la memoria- como año y medio así. Andaba todo mugroso, alucinaba feo y se la pasaba borracho y gritando puras chingaderas, pidiendo su dinero. Gritaba que iba a matar a quién sabe quien, que él era rico, que ya había hablado con el diablo. Gritaba madre y media. Hasta que una vez, según dicen, se metió a las milpas de los García, estos pensaron que era un ladroncillo que iba por costales de maíz, y que se lo echan. Yo digo que fue con toda la intención, pero sabe, el caso es que lo torcieron. Sólo le quedaban su esposa y uno de sus hijos, que son los que mataron la semana pasada ahí en la esquina del mirador. Dicen que se negaron a un asalto y se los echaron. De la familia de don Rubén ya no´ más quedaban su mujer y su hijo; ahora ya no queda nada. Esos cohetes que truenan son de la novena que le hacen a su difunta esposa. Ve tú a saber qué tanta gente irá.

Se hizo un silencio, de esos profundos en donde todo mundo se queda pensando.

Está cabrón- dijo Fernando sin dar tiempo para seguir escuchando el silencio-. Vea nada más cómo es la vida. Todo se paga. En un instante se gana o se pierde todo, en cosa de nada la cosa cambia.

- ¿Más tecito, más calabacita? - preguntó doña Carmen, agarrando ya el tarro de Fernando


- ¡Qué va! -contestó don Beto sin dar chance de que Fernando respondiera-, el tiempo, el clima y en honor a don Rubén González, se antoja más un traguito de mezcal.

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